mis notas mentales es un lugar de encuentro de: pensamientos, ocurrencias y demas experiencias sub-normales, que en su conjunto podrian ser catalogadas simplemente como: puras webadas.

domingo, marzo 18, 2012

La Maru


Lima, los ochentas, mi edad: 10 años. Un típico púber “caído del palto”.

Era la época en que la inocencia brotaba de mis poros cual géiser hiperactivo.

Iniciaba el año escolar y en el alboroto del primer día la vi. Juro que la imagen de aquella espigada niña se proyectó sobre mi retina en cámara lenta. Y fue gracias a este extraño (y cinematográfico) fenómeno lo que me permitió observar cada uno de sus detalles: ojos color cielo, labios como fresas, mejillas salpicadas de pecas, y unos cabellos negrísimos como la misma noche.

No es que fuera un experto en estética femenina pero para mi Maru, que así se llamaba la susodicha, era la perfección hecha mujer. Perfección que, a falta de mejores argumentos, yo fundamentaba por la aparición de un cosquilleo en la panza cada vez que la veía.

Reconozco que hasta ese entonces las niñas habían estado muy lejos de ser objeto de mi deseo. Muy por el contrario, si de algo eran objeto eran de mis bromas, tontas, poco graciosas y culpables de que me ganara uno que otro golpe correctivo por parte de las afectadas.

La Maru era diferente: no era una niña sino una mujer, al menos a mí me lo parecía; quizá porque era un par de años mayor que yo, o porque era media cabeza más alta o más precisamente porque era la única de su grado que necesitaba usar corpiño.

Una de las actividades típicas del colegio era ir de campamento a las pampas de Villacurí situadas en el Kilómetro 250 de la Panamericana Sur, pleno desierto costeño.

El bus que nos llevaba nos dejaba siempre a un lado de la carretera y desde allí arrastrábamos nuestras cosas hasta llegar a un enorme reservorio vacío que en su momento servía para el riego de los pocos viñedos que aún quedaban.

Ni bien partimos hacia aquellos áridos parajes, el destino quiso que me sentara justo detrás de la Maru. Admito que el destino no actuó solo: mi velocidad por ganar ese asiento ayudó y mucho. Sin embargo, como los respaldos eran altos, no la podía ver; sólo de tanto en tanto escuchaba alguna risa suya o alguna palabra como susurro de su compañera de viaje.



Había pasado poco más de una hora y en tales condiciones cualquier contacto era imposible, así que pegué mi cabeza contra la ventana y fui deslizándola hasta que ésta quedó medio-atrapada con el borde de su asiento. Cerré los ojos e inspiré profundo buscando absorber su idílico perfume. De inmediato sentí y muy vívidamente una delicada fragancia de tonalidades cítricas, como de pequeños gajos de naranja o… mandarina.

Estaba extasiado, fascinado por el aroma de aquel champú frutal que destilaban sus cabellos. Pronto me sorprendieron nuevos olores: a durazno… a banana (?!) y es que lo que en realidad andaba olfateando cual sabueso enamorado era su merienda. Envuelto en mi pequeña gran decepción volví a mi posición original, me hice un ovillo y así me quedé el resto del camino.

Las dunas dominaban el paisaje, las niñas corriendo, las profesoras convenciéndolas de que no se fueran lejos, mis amigos enterrando latas de coca-cola que trajeron de contrabando y yo: pensando en la Maru. Y pensando en ella me pasaba todas las horas del día. Cómo acercarme, cómo hablarle, cómo hacerle sonreír, cómo lograr que me mirara y sintiera por mi algún mínimo aleteo de mariposas en la panza.

Mi mente diseñaba improbables encuentros, delirantes confesiones. Si la veía huía. Prefería desaparecer a quedarme y meter la pata.

Una tardé ni bien había terminado de almorzar, hice mi regular visita a los baños. Y cuando digo baños me refiero al bosque de árboles de Huarango que además nos proveía de la leña nuestra-de-cada-día.

Terminado el trámite fisiológico caminé en sentido opuesto al campamento, era hora de lavar los platos y mi ausencia me excusaba de esa y de cualquier otra tarea.

No caminé mucho. Vi que del otro extremo alguien se acercaba y me apuré a escapar subiendo a la duna que tenía delante. Pero mis pies tenían otros planes y se hundieron en medio de mi desesperación. Vencido opté por dejarme caer esperando que espontáneamente mi cuerpo se mimetizara con el suelo.

-Ey niño!

- …

- tú el que está echado allí... estas bien? -

- ehhh...si...si estaba durmiendo – dije al tiempo que simulaba un bostezo y escupía arena.

- pero aquí cerca de los baños? jajaja estás loco.

Esa risa me resultaba familiar. Estaba perdido. Y si me hago el sonámbulo? Al Chavo del 8 le resultaba…

- Ey! me harías un favor? - dijo, haciendo con su boca una coqueta mueca cancelándome cualquier negativa.

- voy a hacer pis y tengo miedo de que venga alguien, no te quedarías un ratito allí cuidando?

- claro...- le respondí en automático y con un rápido gracias! desapareció entre los árboles.

Pobre, se ve que tenía muchas ganas, sólo espero que se fije bien por donde pisa, pensé divertido.

No pasó nada cuando un grito interrumpió mis pensamientos.



hay unos bichos ahí y huele horrible! Mejor hago aquí nomás afuerita...pero no mires! - me dijo y me

mandó a darme vuelta.

Fue casi un minuto de estar con los ojos clavados en el horizonte y con las orejas clavadas por el sonido de orines cayendo y chocando contra hojas secas. La chica de mis sueños estaba detrás mío meandose todo. Las mariposas que sentía en la panza por aquella muchacha en cuclillas habían emprendido rápido vuelo pero pronto regresaron.

- niño ya terminé...gracias...y no le cuentes a nadie si? que sea nuestro secreto - y guiñándome un ojo desapareció dando aliviados saltitos.

El que se despidiera diciéndome “niño” significaba que no sabía mi nombre y el que no me lo preguntara significaba que no le interesaba saberlo. Era un niño más, uno que se lanzaría de un puente y de cabeza a su sola orden. Ser conciente de eso no fue lo que más me dolió, lo realmente doloroso fue descubrir que el “secreto” incluía el hecho de habernos conocido.

Fue así que los siguientes días pasé de ser un niño anónimo a uno completamente desconocido. En el Cole seguro se le pasa y me habla, pensé. Pero nada cambió. Yo igual seguía esperando por un saludo, por una sonrisa cómplice, un hola furtivo en medio de algún pasillo.

Era como si me hubiera borrado de sus recuerdos y si la que me borró era quién yo consideraba mi primer amor, me dolía el doble. Yo igual cada nuevo año renovaba mi fe en ella. Y la seguía esperando.

Pero como todo en esta vida, también los golpes del corazón pasan y se olvidan.

Acabamos el colegio y cada uno siguió su camino. Yo buceando en libros de Ingeniería y ella haciéndose famosa en alguna serie de televisión. Se ve que le calzaba perfecto aquello de la actuación: el arte de fingir.

De esto ya hace muchos años, demasiados quizá.

Ahora cuando pintamos algunas canas creo que es el momento de recomponer aquella relación que no pudo ser. Terminar de una buena vez y como adultos con tanta pavada juvenil.

Para esto la red de redes me daría una mano. La busqué en Facebook y con un simple clic la agregué como “amiga”. Sólo restaba esperar por su respuesta aceptando mi “amistad”. Cómo nos íbamos a reír recordando aquella anécdota, que por cierto, yo jamás conté.

De esto ya hace unos cuantos y largos meses;

y aunque aún no obtuve respuesta; yo la sigo esperando.